Por Marco Díaz
Heme allí, en caída libre, 35 metros de altura que fácilmente recorrería
un cuerpo en dos segundos, pero para mí fue un trayecto de esos eternos.
Sin poder abrir los parpados por esa insoportable sensación de tierra
desgarrando mis ojos, con los brazos rasguñados y ese vació tan inmenso en el
estomago que se siente al segregar adrenalina con una dosis letal de vértigo, así,
moviendo los brazos y piernas como una rana aprendiendo a nadar, continuaba
cayendo.
Ecos de una caída, como les llamaría yo: zumbidos de mosquitos, brisa
soplando fuerte en mis orejas, gritos lejanos de mis compañeros y el rozar de
mi ropa arrastrándose contra el muro mientras reboto una y otra vez sin lograr
sujetarme de ningún punto de agarre, esto como desesperada opción que viene a
la mente en esos momentos.
-¿Nunca terminaré de caer?- me pregunté.
Yo en vuelo directo hacía el suelo haciéndome interrogantes en un
diminuto paréntesis entre la zozobra y el temor, quizás provocado por el mismo
nerviosismo o la resignación.
Como si hubiese evadido el espacio-tiempo crueles pensamientos venían
ametrallados, uno detrás del otro, en milésimas de segundo:
“Espero no caer en las piedras filosas de allá abajo… Si caigo
allí ya no puedo hacer nada… ¿Por qué demonios no revise el equipo antes de
asegurarme?... No quiero que se enteren en mi casa… Algo me decía que no
saliera hoy… ¡Que estúpido!… Sí Joaquín,
he marcado los mosquetones… No me molestaré con ellos… No quiero perder los
dientes… Una fractura de columna me
dejará inválido… ¿Moriré hoy?... Allí viene el leñazo…”
En el suelo, sentí ese extraño olor a sangre que impregna la nariz
después de un rotundo golpe, entre la inconsciencia y la tranquilidad, con los
ojos abiertos y fijos en la hermosa luz cegadora que se cuela entre las hojas
verdes de las enredaderas, esas que se aferran a la pared. “Que bellas se ven
por cierto… ¿Qué cosas digo? ¿Estoy muerto?”.
Todo estaba difuminado de blanco a mí alrededor. No me dolía nada ya.
Escuchaba voces, sí, pero no lograba ver a nadie, de hecho no veía nada, sólo
eso, el blanco más blanco que había visto.
-¿Quién eres tú? ¡Deja de mirarme así!- exclamé aterrado.
-Eso no te importa, vengo a esperar tu momento.
- ¿Eres un ángel? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son esos que murmuran?
El personaje guardaba silencio como quien no quiere charlar, sin emitir
sonido alguno, sólo aguardando. “ ¿Aguardando qué?- me preguntaba a mí mismo”.
-He venido por ti en varias ocasiones; quizás, y por fin, vengas conmigo
hoy. Eres de esos escurridizos que parecieran ser cuidados personalmente por el
supremo.
-¡La misma muerte carajo!
-Ustedes, hijos del barro, me llaman así, yo hago el trabajo que me fue
encomendado, sin sentir o refutar. No está en mí hacer más.
- ¡Tengo muchas cosas pendientes, mi familia, mi universidad, mi vida,
no puedo morir! -dije.
-Falta poco para que vengas conmigo.
-¿Podrías contestar una sola pregunta de las que te hago?
- No está en mí responder tus dudas.
Al cabo de unos momentos, luego de soportar su mirada fija sobre mí, me
atreví a preguntar.
-¿Desde cuándo realizas ésta encomienda sanguinaria?
-No es sanguinaria, las almas en su esencia es mi deber acompañar hasta
su cosecha, lo que han sembrado con sus hechos.
-¿Tienes un nombre?
-De este lado, de lo tangible, usan nombres para definirse, yo soy de
otra creación, una superior, donde no hace falta porque no tenemos sus
limitantes, nuestra esencia se expande más allá de tu realidad.
¿De qué hablas?
- Yo estoy aquí, y allá. Mientras te decides a seguirme, también estoy
observando a Martín, tu primo, al que le falta una sobredosis para que me
acompañe, y a la vez, espero paciente por los despojadores que, frente a tu
casa, planean noche a noche, buscando el peligro, robar a tu vecino, el policía
con cáncer que asistiré la próxima semana. Y a tu novia, la que muere, o morirá
por el Red Bull…
De pronto, hubo silencio. ¿Abrí los ojos? Personas con batas blancas estaban
rodeándome, una gran lámpara, tumulto de manguerillas y llanto… ¿De mis
familiares? ¡Todos estaban allí!
-Estuvo inconsciente durante tres horas –decían los doctores.
-Para mi fueron cinco minutos- susurré.
-Estás vivo André, estás vivo de milagro- dijo el traumatólogo.
*
Han pasado tres años desde ese incidente, y aunque sigo “vivito y
coleando”, como dice mi abuela, a veces me asusta poder ver a aquel personaje
sin nombre, cruzando la calle detrás del vendedor de la esquina, o entre la
gente que espera su tren en la estación, y una que otra vez, al pié del muro,
cuando reviso mi cuerda y mi arnés, como vivo recordatorio, o como recordatorio
de vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario